EUROPA - parte 2: Turquía
ESTAMBUL
Llegamos a Estambul. Llegó el caos, el ruido, el color. Estambul es un caos, es una fiesta, es un cocoliche. El tráfico es un quilombo: los autos estacionados por cualquier lado, no hay veredas, uno va caminando rezando para no ser pisado. Es una ciudad hermosa y gigante: ir de un barrio al otro requiere tomar varios transportes públicos. La red de transporte público es gigante: colectivos, tranvía, subte, metro, ferry.
* El primer día arrancamos el día con una “walking tour” que se hizo un poquito larga porque el guía era medio vueltero pero vino bien para un pantallazo. Fuimos a los lugares importantes de la ciudad antigua mientras escuchamos a un guía local contándonos de la historia y la religión de la ciudad. Después de almorzar recorrimos las mezquitas azul, santa Sofía otra vez, la Tumba del Sultán Ahmet, la mezquita nueva, el bazar de las especies, y nos instalamos en una cadena local de café y té turco a probar el kunefe y otro postre local. A cada mezquita que uno/a entra debe hacerlo descalzo/a entonces te pasas el día sacando y poniéndote zapatillas. En mi caso además, tapándome el pelo con un pañuelo para cumplir con la exigencia del rito musulmán.
Básicamente: caminamos, caminamos, caminamos. Intenso, hermoso, agotador.
-A las 19 hs nos encontramos con el grupo (gigantesco) que había comprado la misma excursión que nosotros: una vuelta de dos horas en barco por el Bósforo. De 19 a 21 lo que permitía ver el atardecer y después ver la ciudad iluminada.
Una belleza y ¡un frío! Jajaja tuvo sus dificultades pero la verdad es que valió la pena.
*El segundo día lo dedicamos a otros barrios: fuimos al lado asiático y estuvimos paseando por el barrio Üsküdar. Recorrimos varias mezquitas incluida una que tuvimos que ver por la ventana ya que estaba cerrada y a mi me pareció la más linda de todo Estambul: la de Cinili Cami. Almorzamos en un shopping re top y comimos en Burger King para cortar un poco la comida local. Paseamos por la costanera y chusmeamos los varios pescadores que se ubican uno al lado del otro.
- Después volvimos al lado europeo a pasar por otros barrios. Visitamos el barrio más colorido y canchero de todos los que vimos: Balat. Es hermoso. Casas de colores, bares y cafés decorados de modo original. Un millón de fotos, a donde mirabas te gustaba. Tomamos un café y descansamos mirando la costanera del cuerno de oro. En suma, una vez más el día fue: caminamos, caminamos, caminamos. Intenso, hermoso, agotador.
* Para el tercer día de Estambul teníamos planeado hacer el gran bazar y el castillo Topkapi pero el castillo (así como el museo de antropología) estaba cerrado así que después del Bazar -en donde hicimos compritas de recuerdos- volvimos al cuarto a ducharnos y descansar un rato. No vino mal el rato de descanso. Después partimos mega cargados a tomarnos el tranvía y el metro para llegar al barrio de Taksim, en donde almorzamos. Desde ahí, partimos en bus al aeropuerto.
Nos despedíamos -por unos días- de la bella Estambul. Ciudad compleja, enorme, colorida, ruidosa, olorosa. Ciudad de miles de gatitos que te sorprenden a cada paso: es increíble la cantidad qué hay. Ciudad orante: con más de 300 mezquitas que suelen estar siempre con gente. Ciudad turística con un millón de lugares para comer y con una persona delante que ofrece e insiste para convencerte de que entres.
- Almorzamos en la antigua ciudad y de ahí partimos nuevamente a la odisea de llegar al hotel. Transporte interrumpido y un millar de agentes de policía cortando el paso. Teníamos que explicar que éramos turistas, mostrar la reserva en booking, mostrar la tarjeta del hotel… y 10 mts después, repetirlo todo nuevamente con el siguiente policía. Un agobio. Pero ese último día y la mañana del día siguiente paseamos por la zona y pudimos ser testigos de otra de las mil caras de Estambul.
Goreme (y en realidad, por lo que entiendo, toda la región de Capadocia) es uno de esos rincones únicos que no deja a nadie indiferente. Está ubicada en una serie de valles que sirvieron, durante siglos, de vía de comunicación entre las estepas que se adentran en Asia y el Mediterráneo. Un lugar mágico rodeado de montañas de un material geológico particular que obviamente tuve que googlear para saber que era: la “toba calcárea de tipo sedimentario ” (?) muy fácil de trabajar aún por herramientas simples y toscas. Por estas particularidades es que durante siglos, los habitantes se instalaban en los cerros, excavando ahí sus ciudades: un método de defensa eficaz que permitía aislar ciudades enteras con simples peñascos. Ciudades enteras excavadas en la montaña al modo de hormigueros humanos en los que aún pueden verse almacenes, viviendas o viejas iglesias cuajadas de pinturas murales bellísimas. Es así que desde mediados de los 80 forma parte del catálogo del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Después de un viaje en avión de una hora y poquito, una combi que manejaba a las chapas y un mareo que me hizo vomitar, llegamos al hotel a eso de las 10:30 de la noche. Nos habían dado un sándwich pequeñito en el avión pero nos pareció suficiente para irnos a dormir sin comer.
A las 4:30 nos pasaron a buscar. Nos llevaron a un hotel en donde iban llegando distintas combis. Ahí nos ofrecieron un desayuno buffet que en 10 minutos y siendo casi las 5am había que comer rápido. Un café con leche y una medialuna después nos volvimos a subir a una combi ahora con el grupo que nos llevaría al globo. Éramos 16 personas. ¡Yo tenía una emoción! Ansiedad, nervios, excitación, todo.
Nos subimos al globo y empezó la magia.. el fuego que se prende y se apaga para hacerlo subir. El silencio del Valle que se corta únicamente con el ruido del fuego. Los miles de globos que van subiendo, todos a diferentes alturas, todos con distintos colores. Es de verdad impactante. El amanecer va rompiendo la noche y el cielo se va pintando de colores. Entre miles de fotos y videos (y la frustración que me daba no haber quedado en la punta que me hubiera dado la posibilidad de tener mejores fotos) lo miraba a Diego que contemplaba. Y entonces me acordaba de respirar y admirar el paisaje. Me emocionaba. Él también. De golpe un abrazo con ojos llorosos. Se veían menos globos que en verano que es temporada alta, y sin embargo el paisaje seguía siendo fascinante. Estábamos a 300, 400, 600, 700 mts de altura… llegamos a los 800mts. Mirar para abajo daba vértigo. Mirar el sol, emocionaba. ¡Qué belleza el mundo! ¡Qué maravilla volar! ¡Qué gratitud enorme me causa el poder viajar!
El viaje duró una hora y después terminó con un brindis y unas frutillas con chocolate, una entrega de medallas y unos aplausos. Fue hermoso.
Pamukkale es un pueblito muy muy chiquito y queda muy incómodo para llegar ya que no tiene ni aeropuerto ni estación de bus: únicamente en Denizli, una ciudad que queda a 20 minutos, llega el transporte. Desde Goreme lo único directo era ir en bus y después una combi desde Denizli a Pamukkale. Eso hace que vaya mucha menos gente aún cuando el lugar tiene una belleza original y un importante centro arqueológico que reserva una porción de historia Romana. Pamukkale nos gustó un montón.
Es un pueblo chiquito:
-Esta marcado el "Natural Park" que es la entrada al parque nacional.
-Nuestro hotel "Ozbay" es el punto rojo, como se ve queda a 3 cuadras del parque.
-Sobre la calle Ataturk Cd. y Cetin Sk. es donde estan los restaurants, las agencias de turismo, los kioscos.
Nosotros llegamos a Pamukkele en bus nocturno sin haber podido dormir mucho. Por suerte el hostel nos dejó usar un cuarto que nos sirvió para ducharnos y dormir un ratito y después estuvimos en el parque de 11 a 17:30 más o menos. Volvimos al hotel, ahora sí a usar nuestro cuarto, y después de ducharnos (bis), dormir un ratito (BIS) y cambiarnos salimos a comer con una pareja de españoles que habíamos conocido en el bus nocturno.
*El parque nacional, fue nombrado patrimonio de la humanidad por la UNESCO y se trata de la antigua ciudad de Hierápolis.
Tiene 3 partes para recorrer:
- El “castillo de algodón”: es una formación geológica hecha de terrazas de travertino de un blanco (color que se debe al carbonato cálcico según leí porque obviamente no tenía idea), donde se han formado una especie de piletas naturales de aguas termales (algunas más frías, otras más cálidas). El agua te llega a las rodillas como mucho pero te permiten entrar y refrescarte. Todo el camino es medio resbaladizo por eso hoy que hacerlo descalzo y, de hecho, el día que fuimos vimos que un señor se cayó y se lastimó muchísimo. Creímos que se había muerto. Tuvieron que sacarlo en camilla, vino la ambulancia y fue bastante feo el episodio.
- Las ruinas y el museo: Hierápolis fue una ciudad termal, romana antes y bizantina después, que en su momento se trató de uno de los enclaves más sugestivos del país. Había muchísimas ruinas para visitar: la Puerta Bizantina, el Templo de Apolo, la Necrópolis y su joya más preciada: el Anfiteatro. Construido en el siglo III d.C. este anfiteatro podía acoger a más de 10.000 espectadores y lo cierto es que impresiona bastante. Otra parada clave es el Museo Arqueológico. Se levanta en el edificio que antiguamente correspondía a los baños romanos y hoy alberga una colección de objetos, joyas y esculturas que se encontraron en el parque arqueológico y en los alrededores.
- La “Antique Pool”: conocida como la “picina de Cleopatra”, esta pileta de agua termal se encuentra al final del recorrido por el sitio arqueológico de Hierápolis. Pagamos una entrada extra para darnos un chapuzón en aguas termales calentitas que -se supone- tiene en su interior columnas dóricas y auténticas ruinas de templos de más de 2.000 años de antigüedad. Imposible de saber o entender si se trataba de ruinas de verdad o falsas jaja!! Pero nos metimos igual aprovechando el calor
* Al día siguiente aprovechando que el día estaba feo y que no había mucho más para hacer en Pamukkale si uno no iba a andar en globo o parapente, pagamos late check out y estuvimos tooodo el día en el hotel, durmiendo, mirando películas, tomando mate. Un día de placer total. De ahí, nuevamente a Denizli y de ahí a tomar el bus nocturno hasta Estambul.
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